miércoles, agosto 24

Estoy enojada.
No con vos. 
Estoy enojada.
Conmigo. 
Por incapaz. 
Por estúpida. 
Por no poder exteriorizar mis sentimientos. 
Por quedarme callada cada vez que lo intento. 
Por arder por dentro
cuando quiero gritar a los cuatro vientos
que te quiero, 
que jamás me sentí de esta manera, 
que sos el culpable de todo lo que me atormenta,
que desde que te conocí te convertiste en un pensamiento recurrente, 
que entraste en mi mente,
sin problema dejaste las maletas
y ahí te quedaste, 
sin intención de muy pronto irte.
Y eso me gusta. 
Y eso me asusta. 
Y por eso estoy enojada. 
No con vos.
Estoy enojada.
Conmigo.
Por haberme convertido en otra tonta enamorada. 

martes, mayo 24

Ô beaus yeus bruns...

Ô beaus yeus bruns, ô regars destournez,
Ô chaus soupirs, ô larmes espandues,
Ô noires nuits vainement atendues,
Ô jours luisans vainement retournez:
Ô tristes pleins, ô désirs obstinez,
Ô tems perdu, ô peines despendues,
Ô mile morts en mile rets tendues,
Ô pires maus contre moi destinez.
Ô ris, ô front, cheveus, bras, mains et doits:
Ô lut pleintif, viole, archet et vois:
Tant de flambeaus pour ardre une femmelle!
De toy me plein, que tant de feus portant,
Et tant d'endrois d'iceus mon coeur tatant,
N'en est sur toy volé quelque estincelle.


Oh bellos ojos negros...
¡Oh bellos ojos negros, oh mirar distanciado,
Oh cálidos suspiros, oh lágrimas vertidas,
Oh las oscuras noches vanamente atendidas,
Oh los días claros vanamente retornados!
¡Oh dolientes quejas, oh deseos obstinados,
Oh tiempo malgastado, oh penas prodigadas,
Oh mil muertes en mil celadas desplegadas,
Oh peores males en mi contra destinados!
¡Oh brazos, manos, dedos, cabello, risa, frente,
Oh voz, oh viola y arco, oh laúd doliente!:
¡Cuántas llamas para hacer arder a una mujer!
De ti me quejo, que tanto fuego poseyendo,
En tantos lados mi corazón fuiste encendiendo,
Sin que un solo destello pudiera a ti volver.

Louise Labé.

domingo, mayo 22

¡Qué pase el desgraciado!


Desperté esa mañana con el sentimiento de que algo iba a pasar. Como siempre, me volví a equivocar. 
Te vi entrar, con esa sonrisa que roba suspiros y detiene planetas con sólo existir. Estabas a menos de un metro, estabas tan cerca y a la vez tan lejos. Traté de alcanzarte pero habías abierto tus alas, habías alzado vuelo. Del todo no te habías ido pero parecía que estabas suspendido, quizás en tus propios pensamientos, quizás en otro mundo; inalcanzable, intocable, imposible. Estabas lejos y de eso dudas no me quedaban. 
No sé dónde estabas, por dónde andabas mientras con cuidado esta idiota te admiraba. Lo único que sé con seguridad es que momentos así, sólo deseo tu frialdad.
¿Cómo hacías para mantener la calma? ¿Cómo podías estar tan sereno? Te envidio, te envidio tanto. 
Mirabas al frente: sólo tenías ojos para el pizarrón y oías con atención cada palabra que salía de la boca del profesor. Mientras tanto, en mi cabeza había lugar solamente para pensar en la manera en que tus caricias aceleraron mi corazón, en el roce de la punta de tus dedos contra mi piel tímida y oculta, en el secreto que los dos compartimos, en la manera en que nuestros cuerpos entrelazados por nosotros hablaron. Es triste saber que quizás sólo seremos eso, el recuerdo de un abrazo, de un roce escondido, las implícitas ganas de ser algo más, el beso que quedó pendiente, que jamás pudo existir y todo aquello que podría haber pasado si yo, aunque sea un poco, me hubiera arriesgado. 
¡Qué desastre! ¡Qué incertidumbre! ¡Cuánta curiosidad corre por mis venas! Pero soy tonta, soy idiota y no me animo a expresar mis dudas en voz alta, a hacer las mil y una preguntas que bullen en mi mente. Sólo me siento a esperar mientras sufro al verte tan indiferente, al sentirte tan distante, al creer que en realidad sos así de insensible... ¿Cómo podés verme sin estremecerte? ¿Cómo pudiste evitarme tan fácilmente?
Ojalá lo supiera... Ojalá algún día respondas a mis preguntas sin tener yo que formularlas, sin tener que entregarte mi corazón en bandeja, listo para que hagas con él lo que quieras.

miércoles, febrero 4

Teoría: La crisis de los 18

Estoy cansada porque ningún psicólogo o especialista se pone a analizar esta etapa de la vida. ¿Es porque las mujeres de 40 años son más propensas a comprar revistas, libros de autoayuda, etc. para superar sus crisis? Como estoy tan cansada de ser ignorada, decidí analizarme yo misma. 

Llegué a una edad extraña. La mayoría de edad. Dieciocho años de vida. Es hasta ahora, la edad más difícil, la etapa más horrible y sobre todo, una edad que vino llena de complejos que hasta el momento no había tenido. 

Recuerdo tener entre diez y quince años, recuerdo desear con fuerzas llegar a mis dieciocho para tener libertad, para vivir sola, para estudiar lo que "quería" y sobre todas las cosas, ser grande. Y ahora que llegué, tengo ganas de viajar en el tiempo, juntar a todas mis versiones del pasado y pegarles un cachetazo a todas para luego decirles que dejen de decir idioteces, que los dieciocho no son gran cosa, que es sólo un número más pero que viene con muchas cosas detrás, que el peso, la carga y las responsabilidades son otras y que daría lo que sea por volver a jugar con muñecas, los Sims o saltar la soga en la vereda.

Volvamos al momento exacto de mi cumpleaños. Para hablar de eso voy a hacer un apartado y explicar mis sentimientos y pensamientos sobre los cumpleaños... 
Odio con todo mi ser los cumpleaños. Es un día más, como cualquier otro pero resulta que hace x cantidad de años tu vieja estaba dándo a luz y de repente saliste, respirás, sos un nene o una nena, tenés un nombre y olvidate. A partir de ese momento todos los años te dan un regalo, una tarjeta, una torta con velitas y tenés que agradecer a todos los hipócritas, caraduras, etc. que te saludan y felicitan por ese año más de vida que cargás, pero después durante el resto del año jamás vuelven a dar señales de vida. Además no nos olvidemos de todo el lío y el estrés que requiere invitar gente a festejar ese nuevo año que tenés. ¡Qué divertido! ¿A qué sí? 
El día de mis dieciocho no fue diferente a los demás. Ningún compañero vino a casa a comer torta -la torta es mía, ¿Quieren comer torta? Preparen una ustedes, esta torta es mía de todos modos- y por suerte ningún pariente careta apareció o llamó. Así que digamos, en teoría fue un día más, otro igual a los demás, salvando los casi trescientos pesos en total que recibí de regalo. No todos los días recibís esa suma de regalo...
Por el momento parecía venir todo normal, un año más cerca de morir, un año más lejos del nacimiento, todo igual que siempre. La susodicha crisis apareció meses después...

Estoy al borde de un colapso. En menos de dos meses comienzo la facultad. En menos de dos meses arranco una carrera que supuse que sería mi futuro. En menos de un mes me mudo. En menos de un mes empiezo a valerme por mi misma. ¿No era eso lo que tanto quería? ¿No era lo que esperaba desde los quince? Si, era eso. Pero ahora me da miedo. Me da miedo saltar y arriesgarme.

Este fue el detonante que me hizo pensar en esta crisis que estoy atravesando. Aún no sé si es crisis propia de los dieciocho o del comienzo de la facultad. 
Y aquí voy a enumerar los síntomas que presento. 

1. Necesidad de pasar tiempo con mis mejores amigas y hacer cosas de pendejos: 
Necesito todos los días contarles algo, desde la uña del dedo gordo del pie derecho que se me encarnó hasta el piropo que me gritó el paraguayo de la esquina. Llegué a la conclusión de que las voy a extrañar y que por eso me consume esa necesidad de whatsappearlas, tomar tererés con ellas -hace calor para el mate- y literalmente, no hacer nada, pero estar con ellas. O ir a la plaza. O sentarme en la vereda. Tranquila. Pero con ellas.

2. Admirar el lugar donde vivo cuando en realidad lo detesto:
Las últimas semanas me sorprendí admirando el cielo, las nubes, el sol, la laguna, los pajaritos, la tranquilidad, la ausencia de autos, los saludos afectuosos de gente por la calle, las compras al almacén de acá a la vuelta, etc. cuando en realidad, los últimos años lo único que hacía era quejarme de esto. ¿Qué está pasando conmigo?

3. Abrazar a mi mamá o a cualquier familiar (que quiera) a mi alrededor:
Si. Este punto es el que más me molesta admitir. Pero lo único que hago es abrazar a cualquier miembro de mi familia cada dos minutos. 

4. Dudas, preguntas, inseguridad:
¿Y si lo que elegí no es lo que quiero? ¿Qué hago? ¿Por qué estaba tan segura antes y ahora no? ¿Cómo voy a hacer para vivir sin mis viejos? ¿Y sin Luis Alberto? ¿Y para ir a la facultad, laburar y estudiar? ¿Y para cocinar? ¿Por qué no dejo de hacerme preguntas?

5. Fangirleo más extremo que antes:
Paso los días fangirleando como lo hacía cuando tenía doce años y los Jonas recién eran famosos... Si, Jonas Brothers acabo de reemplazarlos con One Direction... ¿Cómo se sienten al respecto? ¿Dolidos, heridos? Ajá, eso sentí cuando su "decisión unánime" terminó con mi felicidad.
Y paso las noches tratando de comunicarme con mis cinco nuevos novios. Ha-ha. Gracias Twitter. Alabado seas.

6. Mirar chicos más chicos que vos...
Con este síntoma perdí la poca dignidad que me quedaba. 
Comenzó todo un día con mi amiga, me comentó que había encontrado un chico parecido a Zayn Malik, lo stalkeó, consiguió su cuenta de Facebook y descubrí que era más chico que yo. Lo dejé pasar porque era uno en un millón. Pero resulta que hace unos días en un cumpleaños de quince -las viejas también vamos a los quince-  me la pasé mirando pibitos de entre quince y diecisiete. En mi favor quiero decir que son mucho más lindos, tienen mejor físico y mucho más carisma que los de dieciocho. Pero vamos... Es extraño.

Siento como que esta crisis de los dieciocho es algo parecida a la de los cuarenta. Empezás a sentir el paso de la vida, el peso de una nueva etapa en tu vida; te sentís vieja, sentís que no podés hacer lo mismo que hacías hace diez años atrás, sentís que no le importás a nadie, etc. etc. Solamente que nadie se sentó a analizar casos de chicos de dieciocho con estos problemas. Que mala gente. 

Los jóvenes también nos sentimos viejos de vez en cuando.